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9 de Julio: la Independencia también se defiende

El 9 de Julio de 1816 no se reduce simplemente a la firma de un acta. Fue la decisión política de un pueblo de asumir su propio destino.  En Tucumán no sólo se declaró la ruptura con la Corona española. También se expresó una convicción profunda que ningún pueblo puede ser verdaderamente libre cuando las decisiones sobre su presente y su futuro dependen de intereses ajenos.  Doscientos diez años después, esa verdad conserva absoluta vigencia.

Nuestra independencia no es un hecho consumado. Es una construcción permanente. Se fortalece o se debilita con cada decisión política, con cada modelo económico y con cada elección que define quiénes se benefician y quiénes cargan con los costos del desarrollo.

Nuestra historia demuestra que las amenazas a la soberanía no siempre llegan con ejércitos extranjeros. Muchas veces aparecen bajo discursos que presentan como inevitable la entrega de los recursos estratégicos, el endeudamiento permanente, la desindustrialización, la precarización del trabajo o la subordinación de las decisiones nacionales a intereses económicos externos.

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Arturo Jauretche advertía que «los pueblos deprimidos no vencen porque no conocen» y que la colonización más efectiva es aquella que logra convencer a una sociedad de actuar contra sus propios intereses. Raúl Scalabrini Ortiz sostenía que la verdadera política nacional comienza cuando se comprenden los mecanismos mediante los cuales otros deciden por nosotros. Ambos entendieron que la dependencia no era solamente económica: era también cultural y política.

Por eso la independencia exige mucho más que símbolos patrios. Exige soberanía política para decidir sin tutelas; independencia económica para que la riqueza producida por nuestro pueblo contribuya al desarrollo nacional; y justicia social para que esa libertad alcance efectivamente a todos los argentinos y argentinas.

No existe Nación plenamente independiente cuando el trabajo pierde valor, cuando los recursos estratégicos se administran desde intereses ajenos o cuando el Estado renuncia a ejercer su responsabilidad de proteger el bien común. Tampoco cuando se instala la idea de que defender lo propio constituye un obstáculo para el progreso.

El movimiento obrero organizado ha sido, a lo largo de nuestra historia, el principal custodio de esa independencia. Cada derecho conquistado, cada convenio colectivo, cada salario defendido y cada organización sindical fortalecida forman parte de una misma lucha: la de construir una Argentina donde la dignidad de las y los  trabajadores sea el fundamento de la comunidad organizada.

En estos días, en los que nuestra independencia parece negociarse como una mercancía y el interés nacional suele quedar relegado frente a las exigencias de los mercados o de organismos internacionales, recordar el 9 de Julio implica recuperar el sentido profundo de aquella decisión histórica. De allí que el mejor homenaje a quienes declararon la Independencia no consiste solamente en recordarlos. Consiste en asumir, cada día, la responsabilidad de mantener viva aquella decisión histórica.  Porque la independencia no pertenece al pasado. Es una tarea permanente. Y sigue dependiendo de nosotros. Defender la independencia es defender el trabajo argentino, proteger nuestros recursos estratégicos,  fortalecer las instituciones democráticas, garantizar derechos y sostener la capacidad de decidir nuestro propio destino sin condicionamientos externos ni resignaciones internas.

Viva la Patria!

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